Desde que me mudé a esta nueva casa, conseguí un vecino. No, no estoy de broma. Un vecino que venía a visitarme cada mañana y cada noche al despertar y antes de acostarme. Permanecía allí junto a mí, me escuchaba y me brindaba su silenciosa compañía. Todos los días despertaba pensando en él. Me levantaba de la cama, me desperezaba y abría la puerta de mi balcón para asomarme. Y allí estaban: sus ojos negros observándome desde una rama en la copa del árbol, que podía llegar a tocar si estiraba mis brazos. Le sonreía, y él saltaba a la barandilla para recibirme. Y acariciaba su suave pelaje. Nunca pensé que me haría amiga de una ardilla.
Cuando no tengas por qué vivir, piensa en todos los recuerdos que perderías si murieras y que merecen la pena seguir existiendo, porque en cuanto los olvides, morirán contigo.
lunes, 24 de septiembre de 2018
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